El día ha transcurrido con la misma quietud de siempre, esa calma densa que precede a las tormentas que imagino en mis escritos. Sin embargo, algo ha roto la monotonía.
Un delgado hilo de lana roja, anudado con una extraña precisión al pomo de la puerta de mi estudio. No estaba ahí esta mañana. Vivo solo.
Blaise, mi hurón, parece más intrigado que yo. Normalmente es un torbellino de caos indiferente, pero desde que lo ha visto, no se separa de la puerta. Da vueltas en círculos, se para sobre sus patas traseras y olfatea el aire, emitiendo un gorjeo bajo, casi un murmullo de advertencia. Es como si el hilo le hablara en un lenguaje que solo él entiende.
¿Una broma de un vecino? Improbable. Mi puerta no es visible desde la calle. Me siento como uno de mis propios personajes, al borde de una revelación que podría ser tan mundana como desconcertante. Por ahora, dejaré el hilo donde está. Veremos qué hace Blaise durante la noche.