Capítulo 1: Terror al Mediodía

El sol aplastaba. La arena blanca lastimaba los ojos y no había ni un respiro dónde esconderse. Todo estaba expuesto. Sin embargo, bajo la única sombrilla roja clavada cerca de la orilla, había un punto ciego. Un viejo inmóvil, envuelto en ropa de lana, por completo ajeno a los treinta y cinco grados.
Los chicos corrían cerca de él y se detenían en seco. No lo atravesaban; se callaban. Entraban en su radio y la piel se les erizaba, pálida y carne de gallina bajo el sol del mediodía. Salían del círculo tiritando, frotaban sus brazos, con la mirada vacía. Nadie prestaba atención. El brillo del mar aturdía a los padres, cegados de luz y aceite. Cuando la pelota rodó hacia la sombrilla, tres niños fueron tras ella. Entraron en la sombra roja y el movimiento se cortó. No hubo gritos, solo una interrupción visual, como un parpadeo lento. Los padres miraban hacia el mar, se protegían los ojos con las manos.
Un momento después, el viejo plegó la sombrilla con calma. Guardó la pelota bajo el brazo, cargó sus bultos que ahora parecían más pesados, y caminó hacia la rambla. Donde estuvo sentado la arena estaba lisa, virgen. No había huellas de niños. Los padres seguían sonriendo al sol, esperando un regreso que ya no iba a pasar jamás.