Nunca quise un hurón. Quería un gato, algo que mirara al vacío y maullara a fantasmas invisibles. Pero la entropía tiene sentido del humor.
Blaise apareció una tarde de lluvia torrencial, no en la puerta, sino dentro de mi papelera, durmiendo sobre el borrador de un final feliz que acababa de descartar. No tenía collar, pero olía a ozono y a biblioteca vieja.
Cuando intenté sacarlo, me mordió el pulgar. En ese instante, supe dos cosas:
- No se iría.
- Él era quien escribía realmente las escenas de muerte en mis novelas.